Breve recorrido por la historia del movimiento estudiantil colombiano y el origen de la representación estudiantil, resaltando la importancia de la organización y la memoria histórica.
La realidad a la que hoy todos nos vemos sometidos dentro del sistema educativo y del país nos hace ver la necesidad de buscar herramientas que nos permitan no solo tener una visión y un conocimiento subjetivo y crítico, sino también objetivo y profundamente fundamentado, para que así podamos originar debates sobre el actual modelo pedagógico en la educación básica y media, prioritariamente. Los elementos que este tipo de actividades y herramientas nos pueden brindar pueden ser tan importantes como para llegar a construir el aprendizaje en condiciones aptas y consecuentes para toda nuestra juventud colombiana y, de esta manera, lograr en conjunto el fortalecimiento del liderazgo de los y las estudiantes al interior de todas las instituciones educativas, tanto públicas como privadas.
Los desarrollos de la democracia escolar que se originaron con el Decreto 1860 de 1994 hicieron que se crearan instancias en los colegios como el Consejo Directivo, el Consejo Académico, el Personero de los Estudiantes, el Consejo de Estudiantes y la Asociación de Padres de Familia, entre otros, dando vida a la participación escolar en lo concerniente a las decisiones que se tomarían en los colegios, su política y modo de trabajo. Esto pasó de ser una justa realidad a una utopía, puesto que posteriormente se crearon otros decretos que presentaban inconsistencias, generando jóvenes sin voz ni voto dentro de los recintos educativos, manipulados y adaptables a un mundo sumiso y consumista. Así, el neoliberalismo fue acabando con la libertad de expresión, la libertad de pensamiento, la paz civil y, en sí, los derechos humanos, optando por el beneficio propio y no el colectivo.
La necesidad de reivindicar la democracia es realmente importante. No se trata de una democracia representativa, sino de una democracia participativa que fomente en los estudiantes no solo la posibilidad de dar su opinión, sino también de participar en la construcción del devenir de su lugar de formación, de ese lugar llamado “segundo hogar”, que aviva la crítica, los debates, la construcción colectiva y la posibilidad de organización para crear alternativas, gestiones y soluciones frente a las inconformidades.
El proceso educativo debe estar en la búsqueda de principios como la dignidad, la seguridad y el respeto, principios que al Ministerio de Educación, al Gobierno y al Estado les ha quedado tan grandes como sus propios cojones.
Pese a esta situación, como jóvenes en vías de formación y desarrollo, es tiempo de que nos organicemos para forjar nuestras metas, ilusiones y sueños, que por su importancia debemos defender y trabajar. Es momento de crear un presente y un futuro sólidos. Es tiempo de retomar nuestras propias ideas y comenzar a expresarnos con fuerza. Hacer entender que quienes determinan el rumbo no son la minoría y las figuras de autoridad que siempre se han visto en los colegios, sino los estudiantes, quienes se están desenvolviendo en la vida: creativos, fuertes y soñadores; quienes hacen de aquellos salones, edificios y grandes recintos una verdadera escuela.
No se trata de pensar que en el sueño está la utopía o lo imposible, porque allí está el encanto de esta gran lucha. Exijamos lo que por derecho debe ser nuestro. No más manuales de convivencia que solo reprimen a los estudiantes y los llevan a obedecer, castigar y juzgar por su pensamiento y expresión. Es menester retomar la pluralidad y ver en ella su pleno sentido de justicia y libertad.
La democracia es un reto que todos debemos empezar a asumir con resistencia. Es ahora el momento de dar un giro a favor de quienes somos mayoría en los escenarios propios de nuestras luchas: salones de clase, calles y hogares.
Mi derecho no se vende, mi educación no se compra, en los colegios también se lucha.
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