Opinión

Breve resena histórica del movimiento estudiantil secundarista colombiano

Breve recorrido por la historia del movimiento estudiantil colombiano y el origen de la representación estudiantil, resaltando la importancia de la organización y la memoria histórica.

Desconocido
Nacional

Es una necesidad que los estudiantes conozcamos la historia del movimiento estudiantil, para entender un poco más de fondo por qué existen los espacios de representación de los estudiantes y también para darnos cuenta de la capacidad de organización en los momentos más críticos de la historia, como nos lo demostrará esta breve pero necesaria reseña.

Cuando en los colegios se nos informa de la existencia de los espacios de representación, en el mejor de los casos, nunca se nos dice cómo fue que nacieron y cuál fue la necesidad que hizo que estos espacios existieran, y por esto mismo es que los propios estudiantes no saben cómo asumir estas nuevas responsabilidades, y al pasar el poco tiempo de ser escogidos por sus compañeros se les pasa la “buena voluntad de hacer algo”, pero no son los estudiantes los culpables de que esto suceda, son consecuencias simplemente de un mal proceso de apreciación y asimilación de las representaciones. Esto como fruto de una cultura que nos ha enseñado a vivir y actuar sin memoria histórica porque somos hijos de la generación de las desilusiones de los grandes paradigmas de sociedad y de educación que no se concretaron o que fueron derrotados por el mercado y el consumo, y por lo tanto vivir de la improvisación, de las metas cortoplacistas, sin aprender nada de lo que ya ha pasado y que, como un espiral, vuelve y se repite, lógicamente no en las mismas condiciones pero sí en muchas ocasiones por los mismos motivos, si apreciamos los problemas no de forma sino de fondo. Bien dice el adagio popular que “quien no conoce su historia está condenado a repetirla”.

En Colombia los estudiantes tienen su primera aparición protagónica en el año de 1903, cuando se está llevando a cabo el saqueo de Panamá. Algunas poblaciones cercanas a la frontera, también del interior del país, se movilizan en contra de este hecho. Los estudiantes en esa época, bien pocos por las condiciones semicoloniales, una nación en su gran mayoría rural, y por lo tanto de pocas escuelas y universidades, con la participación de unos pocos (no muy distinto a lo que pasa hoy), se movilizan hacia la frontera con manifestaciones y allí son reprimidos por el ejército nacional de Colombia de la época, que hace custodia a la transacción entre el gobierno conservador de Colombia y el vecino del país del norte.

El segundo hecho importante son las manifestaciones que se dan en el año de 1928 por la masacre de las bananeras, donde los trabajadores exigían unas condiciones mínimamente dignas para su trabajo, lo que se denominó “la lucha por los tres 8” (ocho horas de trabajo, ocho horas de estudio y ocho horas de descanso), derecho que había sido conquistado por los trabajadores en Europa en el siglo pasado. También por el cumplimiento del manifiesto de Córdoba, nuevamente es el ejército colombiano encapuchado en representación del gobierno —según los pobladores de la época— el protagonista de esta orgía de sangre en contra de los más humildes trabajadores, y la demás fuerza pública es quien reprime las manifestaciones de solidaridad que dan los estudiantes y el pueblo en general con los trabajadores casi esclavos de las bananeras de la multinacional United Fruit Company, en donde producto de la brutalidad de las Fuerzas Armadas asesinan a Gonzalo Bravo Pérez, dirigente estudiantil.

Del año de 1928 a 1954 ocurre también el asesinato de otro dirigente estudiantil colombiano: Uriel Gutiérrez. En plena dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla, el ejército colombiano regresa de una comitiva de países que apoyan a los Estados Unidos en la guerra de Corea. El Batallón Colombia regresa afectado psicológicamente por el conflicto coreano, y sus soldados con graves traumas por estos hechos, sin embargo no son retirados del servicio. Estudiantes de la Universidad Nacional de Colombia, junto con estudiantes de secundaria de algunos colegios de la capital, se movilizan por el asesinato de uno de sus compañeros, en las jornadas de repudio a la dictadura militar.

En plena Avenida Jiménez con calle Séptima en Bogotá, los estudiantes son víctimas de disparos lanzados por la policía el día 8 de junio, que deja varios estudiantes muertos y otros tantos heridos. El día 9 de junio se vuelven a movilizar los estudiantes en contra de la dictadura militar y por el ataque de parte de la fuerza pública el día anterior, y como reacción a esta nueva movilización el gobierno militar de la época envía al Batallón Colombia a reprimir a los estudiantes que se dirigían a la Plaza de Bolívar. En medio de las consignas gritadas por estudiantes, suenan varias ráfagas de metralla que dejan sin vida decenas de estudiantes y marcan un capítulo doloroso en la historia de las movilizaciones en defensa de los derechos plenos de la gente, pero a su vez también marcan el inicio del derrumbamiento de la dictadura militar de la época.

Después de estos trascendentales hechos, aunque muy dolorosos, el movimiento estudiantil de los sesenta y setenta entra en un auge increíble y está presente en todas las jornadas de movilización y protesta del pueblo colombiano, contra todas las medidas autoritarias y antidemocráticas de los gobiernos de la época, en especial contra el convenio bipartidista de los liberales y conservadores que, a la luz de nuestros días, parece no haber acabado en la realidad concreta. Por estos años se fundan varias organizaciones estudiantiles, tanto de los universitarios como de los estudiantes de secundaria, pero al igual que en años anteriores son víctimas de muchos sabotajes por parte de grupos paramilitares y de ciertas políticas del Estado colombiano, y más aún cuando el país entra en la órbita de la llamada doctrina de “Seguridad Nacional”, impuesta a la mayoría de países para evitar o acallar la influencia ideológica de las revoluciones de Cuba, China, Vietnam y todo el proceso de levantamientos populares en Latinoamérica.

Los años 80 marcan el hito de los intentos por reorganizar y unificar las distintas expresiones del movimiento estudiantil y sus diversas formas organizativas, tan desafortunadamente fragmentadas por debates interminables de corte ideológico, que dispersaron con ayuda del militarismo los referentes importantes de movilización. En estos años se agitaron fuertemente las consignas por “la democracia en las instituciones educativas y la necesidad de que los estudiantes tuvieran voz y voto” en las decisiones que correspondieren en cuanto a la educación.

Se conformaron en los colegios un sinnúmero de grupos estudiantiles que defendían los derechos de toda la comunidad educativa y exigían el derecho a la organización, el cual era negado por la Constitución de 1886. Incluso se llegaron a vivir experiencias de consejos estudiantiles clandestinos y grupos similares que se conformaban para defender la idea de la libertad de expresión, organización y lucha, “por una mejor pedagogía que liberara”, como diría el educador brasilero Paulo Freire. De toda esta pelea nacen para la Constitución del 91 la idea de los espacios de representación estudiantil en los gobiernos escolares. Estos espacios, tal como podemos apreciar, nacen de la necesidad de democratizar los colegios y las universidades y de la necesidad de solucionar los problemas más sentidos de cada uno de los estudiantes.

El final de los años ochenta se ve marcado nuevamente por lo que se denominó “guerra sucia” contra el movimiento social, orquestada por el paramilitarismo y las dirigencias del bipartidismo que le cerraron las puertas a nuevas opciones políticas, como lo fue la Unión Patriótica, la AD-M19, etc., entre tantas otras expresiones que surgían como nuevas posibilidades de hacer política en Colombia, pero que fueron borradas con ráfagas de metralla por el militarismo, el narcotráfico, el paramilitarismo y la oligarquía nacional, que nunca ha querido reconocer el derecho a la libertad de pensamiento y a la vida digna que merecen las grandes masas necesitadas de nuestra patria.

En esta última época, a partir de la fundación de la ANDES en el 94, venimos reorganizando a los estudiantes en las distintas regiones, no sin pocas dificultades por la situación del conflicto social y armado de Colombia, pero siempre con un ánimo optimista, discutiendo sobre los derechos estudiantiles, sobre el país, la pedagogía y muchos otros problemas que nos aquejan, y que como jóvenes capaces de transformar nuestro entorno nos corresponde la no fácil tarea de rehacer la utopía, de soñar y luchar por una Colombia nueva.

Aún seguimos construyendo historia.

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